domingo, enero 21

IV

Año 1939. 16 de Septiembre. Mi madre en la mesa dice "no puedo levantar el tenedor". Diez minutos más tarde, con los ojos turbios y por tenderla ya en la cama, me ordena "vos a tomar la sopa, que se te enfría". 5 horas después, mi madre ya no vive. En la casa comienzan los llantos, las gentes extrañas, las cosas desusadas. En la casa ha entrado la muerte. En la casa flamante, con la que mi madre había soñado durante años. 16 de Septiembre, casi primavera. Estaban en flor los rosales, el jazminero, los nísperos, la glicina y mi madre. Mi madre estaba en flor: 39 años. Pero la muerte es así. Para la muerte las flores no cuentan antes, ni cuando pasa y se está yendo. De nada vale rodearse o despedirnos con flores. O ser flor.
La casa estaba cercada de eucaliptos. Bajaban los benteveos y cantaban a la hora de la muerte. Todo era extraño para mí, hasta mi abuela materna maldiciendo en napolitano o romano al Corazón de Jesús (con una ramita de olivo). Siempre siguió siendo una pesadilla el benteveo, el eucalipto, la casa sola y llena de gente. La muerte siempre resulta extraña. El recuerdo, a veces, es una lágrima color de cielo y tierra y otras, un abrazo para toda la vida, olvidado y presente.
Y yo escribo sobre el paño velado que deja la muerte. Sobre el polvo definitivo que nace ese día. Sobre mi madre y mi casa que ya no están. Sobre la pesadilla del cielo que sostengo con estas manos. Sobre mil flores nacidas hasta hoy y que siempre miré como un homenaje a Vicenta Groppa de Alvarez y su casa de Laborde, su casa de inmigrante, que por fin la tuvo para morirse en ella a los dos meses de estrenarla.





Néstor Groppa, Este Otoño.

III



-¿Llorabas? –le preguntaba yo.
-No. Era tonto llorar.
Su risa loca la dominaba otra vez, sacaba a nuestro gato, Sigurd, de la cesta, lo tomaba entre sus brazos y lo mecía como a un bebé.
-Si me quieres, Sigurd, mueve la oreja una vez.
Y Sigurd movía la oreja.
-Si quieres a Jacques y a Jean, muévela dos veces.
Sigurd la movía dos veces.
-¿Y a André? Si lo quieres, muévela tres veces.
Y Sigurd no movía la oreja para nada.
Mi padre levantaba los hombros, molesto.
-Tiene su gracia ese tonto, pero cada vez hace la misma cosa. Sin embargo, a mí me gustan mucho los gatos, como al cardenal Richelieu. ¡Sigurd!
-Él lo dice en broma –y ella continuaba- ¿No es cierto que quieres a André, y que lo quieres mucho?
Y Sigurd movía las dos orejas con mucha rapidez, como un pequeño asno incomodado por las moscas.
Yo demoré mucho tiempo en descubrir el truco; sin embargo era de una simplicidad casi infantil. Un soplo. Casi nada. Mi madre, imperceptiblemente, soplaba en la oreja del gato, un instante.
-Tu madre es un hada –decía papá.
Era por eso que yo tenía miedo, cuando ella me leía cuentos, de que desapareciera en la historia como las hadas que evocaba.



Jacques Prévert, Infancia.

II

Los amigos que nos visitan vienen a intercambiar la vida en la mesa redonda del secreto. La intensidad que nos une a través de la palabra pelea con fuerza para alcanzar su sueño. Nos cuesta sintetizar lo que nos sale afuera o nos penetra, pero concretamos la comprensión de un avance. Al despedirnos quisiéramos seguir estando juntos para soportar unidos lo que nos apasiona. Y nos vamos padeciendo atracciones y rechazos que nos acompañan para integrar nuestra acción.


Francisco Gandolfo, Presencia del secreto.

I








Cosas que me pasaron durante la infancia me están sucediendo recién ahora.
Arnaldo Calveyra, Apprende le français.