domingo, enero 21

III



-¿Llorabas? –le preguntaba yo.
-No. Era tonto llorar.
Su risa loca la dominaba otra vez, sacaba a nuestro gato, Sigurd, de la cesta, lo tomaba entre sus brazos y lo mecía como a un bebé.
-Si me quieres, Sigurd, mueve la oreja una vez.
Y Sigurd movía la oreja.
-Si quieres a Jacques y a Jean, muévela dos veces.
Sigurd la movía dos veces.
-¿Y a André? Si lo quieres, muévela tres veces.
Y Sigurd no movía la oreja para nada.
Mi padre levantaba los hombros, molesto.
-Tiene su gracia ese tonto, pero cada vez hace la misma cosa. Sin embargo, a mí me gustan mucho los gatos, como al cardenal Richelieu. ¡Sigurd!
-Él lo dice en broma –y ella continuaba- ¿No es cierto que quieres a André, y que lo quieres mucho?
Y Sigurd movía las dos orejas con mucha rapidez, como un pequeño asno incomodado por las moscas.
Yo demoré mucho tiempo en descubrir el truco; sin embargo era de una simplicidad casi infantil. Un soplo. Casi nada. Mi madre, imperceptiblemente, soplaba en la oreja del gato, un instante.
-Tu madre es un hada –decía papá.
Era por eso que yo tenía miedo, cuando ella me leía cuentos, de que desapareciera en la historia como las hadas que evocaba.



Jacques Prévert, Infancia.

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