miércoles, septiembre 19

"...ESE MUNDO TAL COMO EXISTE EN MI MEMORIA..."


Calle 46 número 1081
Un ayuda memoria


La primera imagen del mundo exterior fue una mansión embrujada. Estaba en la esquina de mi casa, y yo tenía que pasar por la vereda cada mañana, cuando iba a la escuela. Era una construcción vieja y de techos altos, diferente de las del resto de la cuadra. La mujer que la ocupaba hacía tareas de costura, arreglaba ropa, cambiaba cierres. ¿Cómo se llamaba? No sé. La modista, así le decíamos.
Era viuda y tenía un hijo; un vago, según mi madre, ya que se pasaba el día jugando a las cartas en el buffet del Círculo Italiano, el club donde yo practicaba básquet. Parecía un tipo extraño, pero tal vez sólo porque iba y venía, en general por la noche, sin saludar, abstraído en sus pensamientos. Recuerdo que se peinaba con fijador y fumaba.
Mi madre le llevaba trabajo a la modista y solía pararse a charlar con ella, aunque no mucho tiempo, cuando iba de compras al mercado Vero-Car, a la vuelta de casa, o más allá, a la carnicería de Susana, a una cuadra de distancia. ¿Irma, se llamaba? Se me ocurre, no estoy seguro. Al menos un par de veces acompañé a mi madre, pero casi me quedé parado en el marco de la puerta: las maderas del piso crujían, estaban rotas, parecían hundirse cuando uno pisaba. No había otros muebles que una mesa y unas sillas; una sola luz iluminaba ese ambiente y dejaba el resto, los rincones y los techos imprecisos de la habitación, en sombras. El miedo que me daba el caserón se extendía a la figura de la modista, sobre todo cuando la veía al caer la tarde, caminando cabizbaja y apurada, de negro, hacia ese horrible lugar.
De ahí había que seguir dos cuadras, por veredas arboladas y anchas, para llegar al “jardín zoológico”, como se decía. La distancia parecía enorme, porque cada casa y cada persona que uno cruzaba en el camino tenía su pequeña historia. En aquella época yo podía tardar mucho en hacer esas dos cuadras, y ahora voy demasiado rápido. Es que esta zona se me vuelve borrosa, por más que me concentro sólo rescato el frente del mercado donde hacíamos las compras, la casa de los dueños de ese negocio y, ya en la esquina, lo de Bianucci y enfrente la casa de Silvina Vila, una de las chicas más hermosas del mundo. Cierro los ojos y aparece, difuso, el frente de una casa, con un patio adelante, arbustos, quizá ligustrinas. Estoy seguro de haber estado allí, pero, ¿por qué?, ¿quién vivía en esa casa?


El zoológico ocupaba una enorme manzana frente a la escuela número 3. Cuando yo cursaba sexto grado, la escuela cumplió 75 años y entre los actos de celebración se decidió colocar un monolito, en el frente, con un mensaje dirigido a los niños del futuro y que sólo podía revelarse transcurridos veinticinco años, es decir en el 2000; ignoro si esa condición se cumplió y, en tal caso, qué decía el mensaje. En ese momento me parecía una fecha lejana y fantástica.
En determinadas épocas del año, a la salida de clases, nos esperaban vendedores de figuritas; yo los veía como personas grandes, pero tal vez no lo fueran tanto. Eran momentos felices, porque nos regalaban sobres con las nuevas figuritas lanzadas al mercado, con las que después nos entreteníamos en los recreos. Entre las primeras que coleccioné estaban las chapitas, que dejaban una marca en el dedo pulgar, de tanto jugar a la tapadita, y luego otras que venían en cartones rectangulares, con fotografías de los equipos (incluso de primera B) y redondos, con las caras de los futbolistas. Nunca pude completar un álbum, y tampoco conocí, me parece, a nadie que hubiera ganado la pelota número cinco que, por lo general, constituía el premio. Llegué a conocer las figuritas de Platos voladores... al ataque! Circularon cuando yo tenía seis o siete años (esta fecha la pude determinar hace poco) y tengo el recuerdo borroso de haber visto, con asombro, esos cartones donde se relataba la historia de una invasión extraterrestre, con caracoles gigantes y rayos mortíferos.
Cuando teníamos hora libre, o había que salir de picnic, por ejemplo en el día del estudiante, lo más común era que fuéramos al zoológico. Si quedaba cruzando la calle. Se extendía alrededor del Field Mitre, la cancha de fútbol más importante de la pequeña ciudad donde yo vivía. Desde el patio de casa, los domingos por la tarde, podíamos seguir el desarrollo de los partidos por los gritos de la gente y las bocinas de los autos y camionetas, estacionados dentro del estadio. Como había tribunas sólo en uno de los costados, los vehículos podían ubicarse detrás de los arcos. En el verano los partidos se jugaban de noche, y ese ruido se mezclaba con los rugidos de la pareja de leones que constituía una de las atracciones del zoológico y con los chillidos de los chajás y otras aves, nerviosas por el alboroto que llegaba desde la cancha.
En las noches de verano cenábamos en el patio, en lo que llamábamos la mesa del patio, una mesa redonda de mármol y granito. Teníamos una hamaca, de madera, pintada de azul, y un sendero de baldosas iba hacia el gallinero, en el fondo. A un costado, detrás del tendedero de la ropa, estaba el galpón, como llamábamos a una habitación donde mis padres guardaban las cosas en desuso y yo apilaba algunas revistas que quería guardar, como El Gráfico, o fascículos de las colecciones que intenté seguir hasta el fin, como la Fútbol. Historia del profesionalismo o Conocer el mundo. Después de comer, con mi hermana jugábamos a contar las estrellas. Pensábamos que se podía alcanzar el cielo con una escalera suficientemente alta, y mi padre se reía cuando lo decíamos.
Recuerdo haber presenciado un partido en el Field Mitre entre un equipo local, Racing, que usaba camiseta azul y negra, con otro de una ciudad vecina. La cancha estaba repleta de gente. Con unos amigos subimos al techo del vestuario de los jugadores, desde donde transmitían las radios locales. Creo que fue la primera vez en que vi reunida una multitud; tenía la sensación de asistir a un acontecimiento importante. El resultado del partido quedó en segundo plano ante ese espectáculo.
Pero entre los equipos que vi jugar el que más me interesó fue Sportivo Agrario. La camiseta era roja y blanca, a rayas verticales. Nunca hizo ninguna buena campaña y no tenía divisiones inferiores ni hinchada. Lo extraordinario consistía en que venía del campo, de un punto no determinado del campo; su cancha, incluso, se encontraba en algún punto de las afueras de la ciudad –que lamentablemente no conocí- y el equipo, en fin, parecía llegar como de otro mundo. Uno de los jugadores se llamaba Alegre y otro, que jugaba de nueve, Caballé; la gente los cargaba por sus apellidos.
La cancha del Field Mitre estaba rodeada por una pista de tierra, donde se hacían carreras de bicicletas. Esto ocurría los domingos por la mañana. En la ciudad había un chico de 6 o 7 años que ganaba todas las competencias en que participaba. Pero una carrera de bicicletas era lo más aburrido que pudiera imaginarse, por lo menos en ese lugar: simplemente se trataba de dar una infinidad de vueltas en círculo, como en una calesita.
Parecía más interesante recorrer el zoológico. El corredor de acceso al Field Mitre, que tenía grandes portones rojos (esto lo registré en una nota previa a la escritura; pero ahora no estoy seguro o, mejor dicho, olvidé el detalle, como si el hecho de ponerlo por escrito significara instantáneamente olvidarlo), separaba dos sectores. Del lado izquierdo estaban la jaula de los leones, la de las aves de rapiña, que olía a carne podrida y mostraba una notable variedad de ejemplares, las de otras aves o animales que no podría precisar, una zona de juegos para chicos y la casa del encargado, el viejo García.
Como en un sueño, recuerdo que le hice una entrevista al viejo García, cuando en la escuela preparábamos un noticiero que a la tarde leíamos por Radio Impacto, una emisora local de circuito cerrado. Elegíamos algunas noticias en el diario, las redactábamos con nuestras palabras, según nos pedía la maestra, y luego leíamos los textos al aire, con una compañera de curso que se llamaba Andrea Fioravanti. También hacíamos alguna entrevista, pero sin grabar, sólo tomábamos notas. Todo esto es una conjetura. Tengo presente, en cambio, el estudio de Radio Impacto, amplio y vidriado, desde el cual podía verse la calle, una calle más o menos alejada del centro de la ciudad, ¿calle 49 y 23? (la principal era la 47). Por la 23, en todo caso. O por la 22. Y bueno, el viejo García era un hombre amable, delgado y de aspecto frágil; había fundado el zoológico, que más tarde, creo, tomó su nombre.
Del lado derecho, antes del edificio de la planta de agua potable de la ciudad, se alineaban, entre otras, una jaula con monos, otra con una pareja de pumas, un enorme espacio, cerrado con un tejido de alambre, donde convivían aves de corral y pájaros diversos, una especie de museo de ciencias naturales y un altar con la efigie de una virgen. Cada jaula tenía un cartel con el nombre vulgar de la especie, el nombre científico, su hábitat y quizá algún otro dato, como el tipo de alimentación o algún rasgo característico. En particular me llamaba la atención el oso. Ignoro qué tipo de oso era, porque aparecía muy poco en público: pasaba el tiempo escondido en una cueva de cemento, y muy de vez en cuando se daba un chapuzón en la pileta de que disponía.
El museo era una cabaña con cuatro habitaciones pequeñas. Al ingresar uno se topaba con los restos de un gliptodonte hallados en la zona rural de la ciudad. Quizá en Las Gamas, una estancia donde mi padre solía ir a trabajar como veterinario. O en Santa Juana. Pero era apenas un caparazón informe, sin mayor relieve, colocado sobre una base de cemento. Como que te dejaba con las ganas. Impresionaba más la cabeza del ciervo que colgaba en la pared, con su desmesurada cornamenta.
La segunda sala estaba siempre cerrada –debería ser un depósito o algo así- y en las otras se alineaban animales embalsamados –serpientes, felinos, una enorme lechuza colgada del techo, con las alas extendidas y los ojos fijos en quien la mirara- y objetos resguardados en vitrinas y cajas vidriadas, de los que sólo recuerdo restos de un aerolito caído en algún punto del Chaco y un trozo de turba malvinense. Parecía extraño ese pedazo de tierra compacto, extraído de un suelo tan lejano.
Silencioso y en general poco visitado, el museo tenía su encanto. Las cosas allí se ofrecían a la mirada y a la vez no terminaban de develarse, conservaban su distancia, una distancia en la que ahora se vuelven difusas, como si de pronto yo las observara en el agua, hundiéndose en el agua.


En el altar del zoológico tuve mi primera cita con una chica, Cecilia, una compañera de la escuela. Fuimos con otra pareja, Andresito y Andrea, sí, la misma con la que hacíamos el noticiero de Radio Impacto. Y Andresito, Andrés Boffa, era un gran amigo, los padres tenían una heladería y toda su familia era hincha de Boca, como la mía.
Corrimos de la mano por el zoológico, entre gritos y risas, y nos frenamos para darnos un beso en la boca. Fue una experiencia tan fuerte -no hubo más que tomarse de las manos para dar ese beso- que resultó insoportable y al día siguiente nos peleamos en el patio de la escuela, incluso después que alguien tocara la campana que anunciaba el fin del recreo. Además nos paramos en forma paralela con la otra pareja, lo que hacía que cada una hiciera de espejo de la otra; y cuando dijimos “ahora”, Andresito rozó la mejilla de Andrea y yo di ese beso de boca. Cecilia, creo, esperaba también un beso en la mejilla. Tal vez la pelea no fue estrictamente al día siguiente, pero en mi memoria la historia ha quedado como un día de amor y un día de odio. De pronto nos detestábamos con todas nuestras fuerzas. Esto ocurrió a los 9 años.
También frente a la escuela, pero en la cuadra siguiente, había un quiosco, seguía la casa de la abuela de Andrés Arce, en cuyo gallinero guardamos una enorme pila de botellas vacías, que después revendimos para el viaje de fin de curso de séptimo grado, y la casa de Andrés Arce propiamente dicha. Andrés era otro compañero de la escuela; la muerte de su padre me impresionó mucho. Fui con el grado al velatorio, y nos quedamos creo que formados cerca del ataúd. Este hecho fue contemporáneo, me parece, con la muerte de Perón: durante varios días no hubo clases y en la televisión sólo había imágenes de la gente que iba a despedirlo. La muerte del padre de mi compañero era más real, y me conmovía, supongo, porque en esa época yo tenía la costumbre de leer los avisos fúnebres de los diarios y ya había descartado, creo, una teoría que había elaborado no sé bien cuándo pero según la cual la existencia de la humanidad seguía un ciclo determinado, por el cual llegaba hasta cierto año y a continuación volvía a comenzar, con las mismas personas. Años más tarde, en fin, reencontré a Andrés Arce en la ciudad de Santa Fe, donde él estudiaba ingeniera química, pero no nos dimos mucha pelota.
Detrás de la escuela, ya en dirección a mi casa, estaba la sede de Sportivo Barracas, equipo del cual éramos hinchas por razones de vecindad. El frente, que ocupaba justo una ochava, lucía el escudo del club, con los colores rojo y naranja, a rayas verticales, que identificaban la camiseta. Se ingresaba a un enorme bar, donde los adultos jugaban a las cartas, y de ahí se salía a lo que había sido una cancha de básquet, con piso de cemento, desprovista ya de sus tableros, y a otra de tierra, sin nada de pasto, donde jugábamos al fútbol. La cantidad de chicos era tal que armábamos varios equipos y disputábamos torneos a lo largo de toda una tarde. A veces la pelota iba a parar a la calle; se aplicaba la regla el que la tira la va a buscar. Si no me engaño, la cancha de básquet daba a un escenario en ruinas, probablemente usado en otros tiempos con fines artísticos y en cuya parte trasera investigué algún día, con compañeros ahora borrosos, sin resultados memorables. En el fondo del terreno estaba la cancha de bochas, a la que solía ir don Pascual, un vecino de casa. Daniel, el empleado de mi padre, jugaba de 6 o de 3 en la primera de Barracas, en los torneos comerciales que organizaba durante el verano el párroco de la ciudad e incluso en el seleccionado de la liga local; una vez me reveló que la norma del defensor era que el delantero no debía pasar, a cualquier precio.
Enfrente del club, en equis, estaba la casa de los Vila. Durante un verano traté sin suerte de conquistar a Silvina, la hija menor de los Vila, haciéndome el chistoso y con la incomprensible oposición de mi hermana, muy enojada por mis bromas y payasadas. Ahora que vuelvo, digamos, a pasar, aparecen otros detalles: después de lo de Vila había una casa con un portón delantero guardado por un enorme perro, lugar al que alguna vez entré, pero no sé con qué motivo, seguía otra casa misteriosamente cerrada -¿estaría desocupada?- y luego, no sé cómo pude olvidarlo antes, la casa del viejo Trejo y la de la señora Romito y su hija, Adriana, que más tarde vendieron para radicarse en Mar del Plata.
Trejo vivía solo en una enorme casa cuyos fondos, con plantas de naranjas y mandarinas, daban a nuestro patio. Creo que alcancé a conocer a su mujer, pero no tengo registro de su muerte. En cambio, recuerdo que con mi hermana le decíamos a mi abuela, mi abuela materna, la Nona, como la llamábamos, por su origen italiano, le decíamos, entonces, que podían formar pareja, ya que ella también era viuda. En broma y a la vez en serio, para que dejara de vestirse de negro y se alegrara un poco.
-Yo me voy a morir –solía decir, de pronto-. Me falta poco.
Pobre, era insoportable. Desde que falleció mi abuelo hasta su propia muerte, casi diez años después, siempre, en invierno como en verano, llevó luto.
En la casa de Trejo, además, había varios gatos, que por la noche pasaban a nuestro patio, donde siempre hubo alguna gata, o bien daban vueltas por el techo de casa o por la medianera de los vecinos, los Franquet. Eran una pareja algo más joven que mis padres, con un hijo, Marcelito, muy amigo mío en una época, aunque yo le llevaba varios años.
Marcelito tenía un problema en la vista, por lo que llevó un ojo vendado durante mucho tiempo y después usó anteojos. Jugaba bastante bien al fútbol, aunque su actuación se veía resentida por una curiosa costumbre: cuando sentía ganas de mear, en vez de ir al baño o buscar un lugar al efecto, se ponía a saltar tomándose la entrepierna con una mano e incluso con las dos. El padre era uno de los dueños de Emisora Colón, la competidora de Radio Impacto. En casa teníamos Emisora Colón, que sintonizábamos a través de una especie de parlante ubicado en un rincón del comedor. Los días de lluvia a mi padre le interesaba saber la cantidad de agua que había caído, no sólo en la ciudad sino también en los distintos puntos de los alrededores. A veces, los domingos, mientras hacía algo en el patio, o lustraba sus botas de vacunar, escuchaba los partidos de la liga local. Y no tenía que sentirse el vuelo de una mosca cuando pasaban el pronóstico del tiempo. A mi madre, en cambio, le interesaba saber qué se decía cuando moría alguna persona más o menos conocida. Por mi parte, uno de mis deseos más fuertes era hablar por Emisora Colón; lo logré una vez, aunque no podría decir a propósito de qué. Lo de Radio Impacto duró más tiempo, creo que todo mi cuarto grado. Recuerdo que entonces me sorprendió ver las carpetas de los anuncios publicitarios, unas tarjetas escritas a máquina y plastificadas. Pero Radio Impacto no era tan escuchada como Emisora Colón.
La señora Romito, alta, delgada, tenía la costumbre de retorcerme los cachetes y preguntarme de quién eran los pocitos que se me formaban en la cara. Adriana, la hija de la señora Romito, fue la única persona que compró todos los números de El Informe, un diario que hice con mi gran amigo Carlitos Picapiedra a los 11 años. Carlitos vivía a la vuelta de la manzana, por la calle 22. Levantábamos las noticias de La Nación –el ataque de la guerrilla a un cuartel militar de Azul, por ejemplo- y las mezclábamos con adivinanzas y trabalenguas que yo copiaba de la última página de Anteojito. Yo me encargaba de la redacción y Carlitos de la impresión, en un mimeógrafo que le regaló su madre, cuando se enteró de nuestra iniciativa (en el primer número copiamos a mano toda la tirada, no sé cuántos ejemplares). Sacamos unos treinta números, tres o cuatro por semana, durante un verano; con las ganancias compramos golosinas para instalar un quiosco, pero esto ya no nos interesó demasiado.
El señor Romito era un hombre corpulento y moreno; se lo veía muy poco, de manera que se trataba de “la casa de la señora Romito”. Sin embargo, cuando tomé la comunión y recorrí el barrio con la noticia, todavía de camisa blanca y pantalón negro, el señor Romito fue el que más plata me regaló (con ese fin se hacían tales visitas).
Por la misma calle, la 23, en la esquina con la 46, es decir frente a la mansión embrujada, había un chalet cuyos ocupantes, me parece, cambiaban de vez en cuando. Quizá era una casa que se alquilaba. Allí pude ver, asomándome por una ventana, si es que no fue un sueño, a una mujer paseándose desnuda.


Sobre la calle 46, en dirección a la estación del ferrocarril, que cerraba el área urbana, lo primero para destacar sería un taller de relojería. No recuerdo a la persona que lo atendía pero sí a su hijo, un chico de orejas muy grandes y aspecto triste. No tenía amigos; por lo menos siempre lo vi solo, sentado en el umbral del taller o caminando por la cuadra, con paso lento, abstraído.
En la esquina con la calle 24 estaba la fabulosa casa de los hermanos Gallego. En la terraza tenía una gran pileta, donde solíamos ir en el verano. El padre de los Gallego era gerente de Morgan, la empresa más importante de la zona. En la vereda de enfrente, la despensa de Pedro Pedretti llamaba la atención de los clientes con viejos carteles de chapa de Seven Up y Crush. Se me hace un blanco hasta llegar a la esquina, a la carnicería de Susana, mujer de voz y rasgos masculinos. A la vuelta, por calle 24 en dirección al Zoológico, estaba la despensa de los Zaniboni, cuyo hijo retardado solía dar vueltas por la ciudad en bicicleta, y la casa de Rossi, apodado “el loco” por los violentos accesos de furia con que solía reaccionar ante la menor oposición a su voluntad.
En el otro sentido, en la esquina de la 46 y la 24, estaban la casa y la heladería de los Boffa. Fanáticos de Boca y de Porteño, equipo local cuya cancha quedaba en las afueras de la ciudad, los hermanos Boffa se peleaban cada dos por tres por cuestiones de fútbol. Discutían por tal o cual jugador o por cómo había jugado Boca, por ejemplo. El mayor, Julio, hacía engranar al más chico, Andresito, mi compañero de aventuras en aquella iniciación amorosa que ya relaté. Andresito era bastante chinchudo, y Julio le hacía burla y lo trataba de maricón cuando le daba intervención en el pleito a la madre. El clima se ponía espeso cada vez que Boca, o Porteño, perdían; y no hablemos si tenían una mala campaña.
En la parte trasera de la heladería dio clases durante un tiempo una profesora de inglés, con la cual estudié entre los 6 y los 9 años. Era una mujer gorda, creo que petisa, como de 30 años, supongo. Es lo que recuerdo de ella. Y que era simpática, nada que ver con la profesora que años más tarde tuve en la escuela, una vieja de carácter agrio y con cara de “estoy oliendo mierda”. Cada vez que alguien entraba a la heladería y preguntaba qué gustos había, la gorda resoplaba y empezaba a recitar, parodiando a la madre de Andresito, que atendía el negocio: “sambayón, vainilla, chocolate, limón...”. Lo más interesante de inglés era que a fin de año teníamos que hacer un pequeño viaje: ir a Pergamino, a la Cultural Inglesa, para rendir. Al tiempo, a través de la profesora, nos entregaban un diploma que certificaba la aprobación del examen y el paso al nivel siguiente. A veces los diplomas llegaban rápido y otras tardaban; podían ser de distintos tamaños. Las clases se suspendieron cuando se descubrió que la gorda había falsificado gran parte de esos diplomas; sus alumnos, en general, habíamos rendido siempre o casi siempre mal, y ella no se atrevía a dar esa noticia a nuestras madres.
En la esquina de la 47 y la 24 había una panadería, a la cual íbamos ocasionalmente, cuando el mercadito Vero-Car estaba cerrado. En una época comprábamos en la panadería de Maruca, cuya ubicación ya no recuerdo. Maruca tenía parientes en General Gelly, cerca del campo donde vivían mis abuelos paternos, y me recibía con cierto aspaviento cada vez que iba, como si fuera a visitarla desde un lugar lejano; hacía unas facturas muy ricas. A la vuelta, yendo ya para la 25, estaba el kiosco de Chilo, un viejo de aspecto enfermizo que vendía revistas usadas. Un par de cuadras más adelante se extendía la estación de trenes, donde solía andar en bicicleta con Andresito, o con Carlitos Picapiedra. Una vez me caí y me raspé las rodillas hasta sangrar con el pedregullo que cubría el piso.
Al lado de la estación había una cancha de fútbol. Tenía un poco más de pasto que la de Barracas. Allí hicimos un partido entre un equipo que armamos con Andrés Boffa y Marcelito y otro de chicos de ese barrio. El trato era que cada jugador del equipo perdedor debía pagarle un helado a otro del ganador, en la heladería de Boffa. Jugamos un amistoso, y como perdimos 5 a 0 me preocupé por conseguir refuerzos -entre otros, incorporamos a Andrés Arce, que jugaba muy bien y estaba en las inferiores de Barracas-, lo que provocó el enojo de Boffa, sobre todo porque él quedaba desplazado al banco de suplentes. Llegó la final y fue muy disputada. De estar 3 a 1 abajo pasamos a ganar 5 a 3 y finalmente perdimos 6 a 5. Creo que esa fue la primera actividad grupal que organicé.
De la calle 47 hacia el este es poco lo que recuerdo. Muy de vez en cuando pasaba por el bulevar 50. Por ejemplo, una noche de carnaval, cuando entre otros artistas habían llegado dos bailarinas brasileñas, que eran como dirigidas por un tipo vestido de blanco y con sombrero tipo galera. Las bailarinas, negras, exuberantes y apenas vestidas, hipnotizaron el público, que siguió en silencio el espectáculo.
En la calle 23 entre 48 y 49 estaba, creo, la casa de Guillermo, que coleccionaba Lúpin y fue un buen compañero de banco en sexto grado. En el fondo había un taller con herramientas, ordenado y pulcro, donde solíamos pasar la tarde. Contagiado por su entusiasmo empecé a comprar Lúpin. Era una revista de formato apaisado que publicaba historietas –Sal tapones, especie de científico aficionado, Mosca Kid, un boxeador de ojos enormes, el propio Lúpin, aviador, entre otras- y planos y explicaciones de cosas para hacer, sobre todo en aeromodelismo. Un poco en la línea de las antiguas revistas de hobbys. Jamás armé alguna maqueta ni hice alguno de los experimentos que se proponían con mucho detalle.
Por ahí cerca vivía Rubén Alvarez, con quien tuve amistad en edad más temprana. Hacíamos carreras con kartings -yo tenía dos: uno amarillo, réplica en miniatura de un auto de carrera, y otro rojo. Una noche, en Barracas, participé en una carrera en serio de kartings, y después presencié una competición de alguna fórmula menor en el autódromo de la ciudad, un circuito de tierra ubicado en las afueras. Siendo muy pequeño, una vez que mis padres me dejaron en casa de Rubén para jugar con él, quise luego volver solo, y perdí el rumbo. Sin saber qué hacer, me puse a llorar en la calle; pude volver a casa gracias a unas chicas, que se apiadaron y consiguieron que les explicara o les diera alguna referencia acerca de dónde vivía. Era verano, una noche de verano; mi madre tomaba fresco en la vereda, y de paso esperaba la llegada de mi padre de la veterinaria.


El centro de la ciudad se extendía sobre la calle 47, entre 20 y 23. El eje estaba dado para mí por la veterinaria de mi padre, en calle 21 entre 47 y 48: Veterinaria Belgrano, se llamaba. La vidriera, que ostentaba ese nombre con letras góticas, exhibía pollitos bebé, dentro de una especie de incubadora, y bolsas de alimento para perros, creo, tal vez algunas cosas de jardinería. De acuerdo a la demanda, los pollitos bebé llegaban una vez por semana o cada diez días y en general se vendían rápido, pero en pequeña cantidad; se los ponía en una caja con una pizca de alimento balanceado y, con una tijera, se hacían algunos orificios en el cartón, por donde pudieran respirar. Había también una gran heladera, cerca de la puerta, donde mi padre guardaba los frascos con vacuna contra la aftosa, la peste porcina (Sinpest, se llamaba), la brucelosis, etcétera, y en frente un exhibidor con paquetes de semillas. Recuerdo los bulbos de marimonias, por la expresión, que me parecía graciosa y me quedó sonando una firma, el semillero Vernazza. También me llamaban la atención los nombres de los laboratorios y de los remedios, muchos de los cuales aún conservo. Estrepto-pendiben, por ejemplo. Ya no recuerdo qué laboratorio lo elaboraba ni para qué servía. Terramicina es fácil de memorizar, porque tenía mucha salida; era un polvo blanco que venía en grandes tarros y se vendía suelto. Lo hacía Pfizer, cuyo viajante, el doctor Vaquero, le había dado a mi padre un hermoso cartel amarillo y blanco con el nombre de la veterinaria y sus especialidades: “sueros y vacunas O´Grady”. Pfizer también hacía obsequios a fines de año, cajas con lociones y perfumes. Si no me equivoco, Terra-cortril venía en aerosol y curaba las heridas de las vacas. Blocksal era el único producto del laboratorio del doctor Mattiazzi, de Junín: como su nombre lo indica, eran bloques de sal que se ponían en los bebederos de las vacas.
Mi padre recibía a los clientes al final del salón, detrás de un largo mostrador. A un lado tenía un escritorio que hacía de caja y a la vez le servía si tenía que redactar una carta o algún tipo de documento relativo al movimiento de la veterinaria. Supongo que este escritorio era de sus primeros momentos en la ciudad, ya que mi padre, y en general mi familia, siempre se ha enorgullecido de atesorar ciertas cosas, es decir, de cuidarlas, de preservarlas a través del tiempo, como si esas cosas, en tanto sean útiles, exigieran una fidelidad. Hablo de cosas comunes, pero que sin embargo resultan extraordinarias por ese mismo trato que se les dispensa. Y que son preciosas porque quedaron ligadas a un suceso, a una persona, como si fueran una huella, o también un simple hilo, pero un hilo del cual se puede tirar para que fluya, incontenible, la memoria. Por ejemplo, mi padre usó durante más de cincuenta años un reloj que le habían regalado después de su primera comunión. No parecía demasiado atractivo, pero sí muy eficaz, ya que según decía apenas tuvo que llevarlo un par de veces a reparar; el recuerdo de la primera comunión, perdido cuando dejó de usar ese reloj y se compró uno nuevo, se entrelazaba con el juego de buscar las cuevas de las lechuzas, en el campo, o de ponerles cigarrillos encendidos a los sapos, para ver cómo reventaban. Y no es que tenga un afán de acumulación, más bien al contrario, ya que el sentido especial de los objetos se ha afirmado, en mi familia, a partir de todos los objetos desechados en el mismo acto: tan importante como guardar, me enseñaron, es tirar, desprenderse de las cosas que no dicen nada. A menudo mis padres discutían al respecto, y en particular mi padre le reprochaba a mi madre que guardaba tan bien las cosas que nadie las podía encontrar: en ese caso, guardar era lo mismo que tirar.
Si la charla se extendía, o el cliente venía directamente a pasar un rato conversando, tomaba asiento en un sillón de cuero negro, frente al escritorio. Allí me instalaba yo, también, para leer el diario, y a veces un libro que recibía mi padre, donde se compendiaba, creo, el conjunto de productos veterinarios en curso, con sus datos técnicos, los del fabricante y el precio. Las paredes estaban cubiertas por estanterías con medicamentos, ordenados en dos grandes áreas: productos para la casa (hormiguicidas, por ejemplo) y para el campo. Había también anuncios de remates de hacienda y afiches de propaganda de medicamentos -por ejemplo el del hormiguicida Camani, con el dibujo de una hormiga que cargaba, confiada, un grano de veneno rumbo al hormiguero.
Después seguía otra sala, que constaba de un baño, un cuarto con un calentador, que Daniel, el empleado, usaba para preparar mate, y una salita donde había una biblioteca que mi padre conservaba de su época de estudiante, la máquina de escribir que empecé a usar tras hacer un curso de dactilografía en la Academia Mayo (47 entre 21 y 22, apenas a media cuadra de la veterinaria) y otra heladera, donde me llamaban la atención unos pomos de colores que se utilizaban para conservar en frío las vacunas. Como esos pomos eran insuficientes, a veces mi padre me pedía que hiciera bolsas con cubitos de hielo.
Al fondo del local había un depósito, donde se guardaban cajas vacías y bolsas de alimento balanceado. Con techo de chapa y piso de cemento, era muy caluroso en el verano; daba a los fondos de una concesionaria de vehículos tipo Rastrojero.
Cuando Daniel tomaba vacaciones, y mi padre salía temprano por la mañana hacia algún campo, en general para vacunar hacienda, yo debía abrir la veterinaria y atender a los clientes. No me hacía problema con los precios de los medicamentos. Si estaban indicados en los bordes de las estanterías, en cartoncitos prendidos con chinches. Como había inflación, anotaba los precios en lápiz. Mi padre me pagaba muy bien por hacer ese trabajo, y yo gastaba la plata en libros de las colecciones Billiken y Robin Hood, que compraba en la librería de Nicola. El dueño, Nicola propiamente dicho, era enano; la librería parecía grandísima, pero apenas tenía un pequeño anaquel con libros. ¡Lo acabo de recordar! Y frente a lo de Nicola, en equis más bien, había otro negocio, creo que de loterías. Se me ocurre que se llamaba El Trébol. Tenía un exhibidor alto con revistas y yo iba los domingos por la mañana para comprar unas revistas que traían un pequeño libro con la adaptación de algún clásico de la literatura universal.
Los domingos a la tarde, después de leer minuciosamente La Nación con los pies sumergidos en una palangana, mi padre tenía la costumbre de pasar un rato por la veterinaria; yo solía acompañarlo, sólo para deambular por el negocio en sombras y sentir ese aroma tan particular que emanaba como un elixir de los remedios, las vacunas, las bolsas de alimento y el peligroso malathion, veneno que se disolvía en agua y tenía prohibido tocar. Por eso ahora me gusta, de tanto en tanto, entrar en una veterinaria, para aspirar ese olor familiar, tan familiar y sabroso como el olor a cosa impresa de un diario sin abrir.
No había verdaderas razones para la salida del domingo; mi padre tampoco las tenía. Creo que nos guiaban cosas distintas en apariencia pero en el fondo similares: el deseo de sumergirse, por un momento, en otro mundo. La veterinaria en silencio y a oscuras parecía un refugio lejano y seguro. Una de las excusas era ir a buscar el diario local al que estaba suscripto mi padre y que aparecía cuatro o cinco veces por semana. Salía con formato tipo carta, y seis u ocho páginas; una vez estuve en la redacción (19 entre 47 y 48), no sé con qué fin, y me llamó la atención el ruido de la imprenta, que llegaba detrás de una pared. Mi padre se quejaba del precio del diario, casi igual al de La Nación, y amenazaba con cancelar la suscripción; mi madre le recordaba entonces que por lo menos servía para enterarse de lo que pasaba en la ciudad.
En ese diario se publicaban textos de un poeta local, a quien nunca conocí. Eran sonetos, de tema generalmente amoroso, que no me gustaban ni llegaron a motivarme para escribir; pero, para mi sorpresa, resultaba que ese escritor ganaba premios en tal o cual concurso. Eso, supongo, debió sugerirme que escribir podía tener alguna recompensa; y el hecho de que me pareciera muy flojo alentaría esperanzas respecto a cómo sería recibido lo que yo escribiera. Más tarde participé en algunos concursos; la ilusión de haber sido premiado en el primero se desvaneció muy rápido, ya que el “premio” consistía en participar en uno de los tantos libros que se hacían y hacen con el dinero de los autores y que no tienen ningún lector.
Un verano, a los 10 u 11 años y después de dejar inconclusas dos novelas, escribí una serie de poemas en una libreta. Pero no sé por qué o bajo qué influencia. Sé, en cambio, que en mi primera novela cociné las lecturas de Emilio Salgari y Julio Verne que venía haciendo desde tiempo atrás. El protagonista era el capitán de un barco. Un capitán joven y valiente, como había leído en una novela de Verne, y con una tripulación heterogénea, como en Salgari, donde me deslumbraba el personaje de Tremal-Naik, sólo por su nombre. En general yo escribía en los talonarios usados de mi padre, que él me pasaba, en el reverso de las hojas, unas hojas amarillas y de cierto espesor. De un lado la letra de mi padre y del otro la mía. Dos estilos diferentes.Pero aquella novela la redacté en las hojas de cartulina, también en el reverso, que usaba en la escuela para dibujo, una materia que no me gustaba nada.
Incluso pasé a máquina esa novela. Y mi madre le mostró el original a un vecino, Carlos Brailovsky, médico y atildado propietario de un campo vecino a la ciudad.
-Yo digo que está bien -decía mi madre.
Brailovsky, según creo, alabó mi imaginación, aunque me miraba con cierta extrañeza. Pero en ese momento decidí abandonar la novela. Ya había sido leída, no me pertenecía. Más tarde inicié otra, esta vez en un cuaderno y según el modelo de Agatha Christie: había un número reducido de personajes (que era presentado al principio, con una breve referencia, igual que en las novelas de Agatha Christie) reunido en un lugar y que misteriosamente empezaban a caer asesinados, por algún veneno o cosa misteriosa. El problema se me presentó con el criminal, identidad oculta que adjudiqué sucesivamente a varios personajes. En definitiva no supe cómo resolver el asunto y ahí quedó la segunda novela, inconclusa y secreta. Curiosamente, me encerraba en el lavadero de mi casa para escribirla, el mismo lugar donde improvisé un modesto acuario con unos pescaditos capturados en un arroyo cercano a la ciudad. El intento no prosperó, ya que una mañana encontré muertos a todos mis ejemplares, en el agua oscura, podrida, de los recipientes en que los había puesto.
En la escuela me gustaba pedir tema libre en las redacciones. Una vez hice una especie de adaptación de un cuento de Paul Bourget, que acababa de leer en una antología en dos tomos llamada Los cien mejores cuentos. Contaba la historia de dos hermanos que se separaban de muy chicos y volvían a encontrarse en la Primera Guerra Mundial, en bandos separados: uno con los franceses, el otro con los alemanes. Me reservé el dato de que la historia no me pertenecía; en cambio, puse una nota al pie donde decía que esa redacción formaba parte de un libro de mi autoría. Se me ocurrían incesantemente temas e historias con que hacer libros; entonces como ahora dedicaba gran parte de mi tiempo a pensar en eso. Lamento no haber anotado las ideas que se me ocurrían.
Al lado de la veterinaria, como dije, había una concesionaria de autos y, a la vuelta, por calle 47, estaba la librería y juguetería del señor y la señora Pucci, donde solía comprar los útiles para la escuela. Para mí, era un lugar enorme; me llevaba un buen tiempo llegar hasta el mostrador, ya que una infinidad de juguetes solicitaba mi atención. Una vez en que mi madre me dio mil pesos para hacer unas compras en la verdulería caminé como en una ensoñación hasta lo de Pucci y me gasté toda esa plata en figuritas. Sólo me sobró una moneda de 5 centavos. Mi madre, desesperada, llamó a mi padre a la veterinaria y en definitiva tuve que devolver las figuritas al señor Pucci. El resto de esa cuadra se desdibuja, no tiene importancia: una pequeña galería comercial, una tienda, dos bares enfrentados.
El club Hispano fue otro lugar donde pasé mucho tiempo. Tenía dos entradas: por calle 48, entre 21 y 22, se accedía al buffet, una enorme sala, y de ahí a la cancha de paleta y a la de básquet. La otra era por 21 entre 48 y 49 y daba directamente a la pileta, a la que iba en verano. Uno de los primeros recuerdos que tengo es una situación de carnaval, por calle 48, frente al club. Ahora es tan cierto como un sueño. Veo una gran cantidad de personas en ambas veredas, como si por la calle pasara algo especial, y yo tengo un aerosol que lanza nieve, con el que corro a alguien que se pierde entre la gente, sin que pueda ver quién es. Y cada vez que lo recuerdo vuelve a aparecer ese otro u otra, de espaldas, como una mancha, algo que brilla y de nuevo corre para perderse entre las luces de esa noche.
En el verano, con la temporada de pileta, la alternativa era ir a Hispano o al Aero Club. Había otra posibilidad, el 047, pero no sé de qué se trata ni dónde estaba, fue algo que escuché sin prestar atención. Como el Aero Club quedaba sobre la ruta, lejos de la ciudad, lógicamente elegíamos Hispano. Mi hermana, mis compañeros de la escuela y de básquet. Todos íbamos a Hispano. No conozco a nadie que haya ido al Aero Club. Y menos al 047. El padre de Carlitos Picapietra, que era mecánico, me dio las primeras lecciones de natación, en una pileta circular y poco profunda que tenían en el fondo de la casa (Aquí también tuve una experiencia con la muerte: el fondo de mi casa, ya dije, daba con el del viejo Trejo y éste con el de la casa de Carlitos; una tarde escuché un grito, estando en el patio, y al rato averigüé o me contaron que era el abuelo de mi amigo, que se había ahorcado). Después, en Hispano, tomé clases con una profesora, pero apenas aprendí crol y los rudimentos de espalda, pecho y mariposa. Así y todo, participé en una competencia, en la misma pileta de Hispano, donde intervinieron nadadores de Pergamino, Rojas y otros lugares. Corrí en estilo libre, haciendo crol, y entre cinco participantes llegué cuarto; el problema estuvo en el lanzamiento, ya que me tiré muy de cabeza, demoré en salir y perdí un terreno que no pude recuperar.
Frente a Hispano estaba la casa de Pedro, un compañero de mi hermana con quien hice cierta amistad. Un día le conté que me proponía escribir más libros que Emilio Salgari -esto porque me había alucinado la lista de títulos al final de una edición de Sandokan. Después lo escuché comentar esa frase, con asombro.
En esa época, la veterinaria era el centro del espacio exterior. Ahora, años después, cuando ya no existe, salgo de mi casa, en otra ciudad, y descubro que camino como si fuera en esa dirección.


En la esquina de casa, sobre la calle 22, había un viejo edificio en ruinas al que se llamaba “el conventillo”. Era, en efecto, una especie de inquilinato, con cuatro o cinco piezas extendidas sobre un oscuro corredor que terminaba en el patio. En el conventillo vivían dos de mis amigos, Oscar, un morocho petiso, y el Chuli, ya un adolescente, que de vez en cuando desaparecía sin destino cierto; sé que una vez viajó a Ferré y durante un tiempo largo no se lo vio. (Al volver sobre esto, ya he olvidado a Oscar, y no me puedo representar alguna imagen suya o del Chuli). Al lado del conventillo estaba la gomería de Perdomo, un tipo que había venido de Pergamino y que jugaba muy bien al básquet. Frente a ese negocio, y vecino a Emisora Colón, vivía Ariel G. Este hombre era motivo de los comentarios cotidianos, ya que se lo relacionaba con secuestros y otros graves delitos; de hecho, se le impuso una condena de prisión que cumplió en la cárcel de Coronda.
Volviendo sobre la 46, estaba la bicicletería de Vega. Un gran salón dividido en dos habitaciones. De un lado, piso de ladrillo, grasa, suciedad y las bicicletas por reparar, muchísimas. De otro, baldosas, un mostrador, las bicicletas y repuestos en venta. Vega tenía una hija, que me dio alguna vez clase de algo para la escuela y después terminó por casarse con un policía terrible, un petiso hijo de puta que torturaba presos en las comisarías. Seguía la casa de Margarita y su madre, que era francesa y muy vieja. Margarita había quedado soltera, dedicada al cuidado de su madre y tenía mal carácter. Los chicos cruzábamos la calle si ella estaba baldeando o barría la vereda. Aunque con mi madre se llevaban bien; salían a la puerta más o menos a la misma hora y en invierno se ponían a charlar, cada una en el cordón de su vereda, mientras en la calle ardían, en una pila, las hojas secas.
Después seguía un baldío separado de la calle por un largo paredón. Hasta que los Brailovsky construyeron allí su vistoso chalet, el lugar fue territorio de los chicos. Uno de los juegos consistía en levantar una especie de alojamiento, donde había lugares para descansar y para conversar; también lo usábamos para jugar al fútbol. Por último, en la esquina, estaba la tintorería, cuyo dueño hablaba con una curiosa voz gangosa y que vino a reemplazar a la librería del viejo Méndez, otro lugar que ejerció gran fascinación en mí durante mis primeros años. El viejo Méndez no vendía libros, sino artículos de escuela, pero de todas maneras, cuando iba, solía quedarme un buen rato mirando las cosas expuestas. Cuando se mudó le perdimos el rastro, hasta que supe que vivía en las afueras del pueblo. Una vez que lo fui a visitar, con 13 o 14 años, me recibió diciéndome “ayer estuve en España”. Quería decir, aclaró, con una sonrisa, que había estado leyendo un libro sobre España.
El viejo Méndez, que solía ir a la veterinaria a comprar semillas de verduras, atesoraba una colección de estampillas de la que se decía que era muy valiosa y que tenía guardada en algún lugar secreto. Una vez me mostró parte de esa colección, la correspondiente a viejos sellos nacionales. Creo que tenía la primera estampilla de la Argentina. O todas las estampillas emitidas en la Argentina. Por su influencia, me asocié a algún centro filatélico y pedí al correo que me enviaran muestras de cada estampilla nueva. Fue un interés efímero, pero los sellos siguieron llegando durante varios años -a la veterinaria.
Se decía también que el viejo guardaba revistas antiguas, que le habían quedado sin vender. Como yo guardaba algunas revistas de historietas, lo fui a ver, pidiéndole concretamente ejemplares de Rico Tipo.
-Qué va a decir tu padre -me dijo el viejo, otra vez sonriente- si se entera que leés Rico Tipo.
Sin embargo, no tuvo inconvenientes en venderme unos cuantos números de Rico Tipo, y también de Patoruzú.
En la vereda de casa, después del caserón de la modista, estaba la casa de la familia Montagna. Tenían dos hijas de entre 20 y 25 años, una llamada Estelita, petisa y algo gorda, que alimentó pensamientos sensuales, y otra que en la secundaria nos dio clases de Biología. Silvia: así se llamaba, ahora lo recuerdo, después de volver varias veces sobre este párrafo. Seguía una casa que fue ocupada sucesivamente por Marcelito Franquet y su familia (hasta que se mudaron a la vuelta), los Lavatelli y la vieja Bottaro. De cuando estaban los Bobet recuerdo una extensa jugada con figuritas, cuyo único fin para mí era ganar la difícil -la de Togneri, un jugador de Estudiantes. Jugamos durante horas y no pude lograrlo, de manera que se la robé. Como me arrepentí enseguida, propuse volver a jugar y aproveché otra distracción de Marcelito para devolvérsela. Los Lavatelli habían puesto en el garaje una enorme pista de autos scaletrix. En los breves períodos en que estuvo desocupada, la casa era otro lugar de juego; yo saltaba el tapial, que no era muy alto, y recorría el patio.
Seguía casa y después lo de doña Clara y don Pascual. Doña Clara era una mujer analfabeta, gorda, de lentes, de padres belgas (detalle exótico para mí), que había trabajado duramente toda su vida para conseguir un estar más o menos pasable. Solía ir a casa por la tarde, a jugar a la escoba -anotaban los puntos con garbanzos- y charlar con mi abuela, la Nona. Era muy supersticiosa, de manera que con mi hermana le hicimos una vez la broma de dejarle en el umbral una botella con orina e inscripciones que aludían a cosas satánicos. Don Pascual, metalúrgico jubilado, se dedicaba a jugar a las bochas en Barracas y fumar en pipa. Después había una zapatería, un taller mecánico, una verdulería en la esquina y doblando por 22 hacia 45, lo de Miguel, un viejo a quien se suponía adinerado y supuesto pretendiente -según una broma que hacíamos con mi hermana- de la Nona. Por esa misma cuadra estaba la casa de Carlitos Picapietra y la de María Inés, una compañera de la escuela número 3 que suscitó un vago interés de mi parte.
Por la noche, entre la primavera y el verano, se acostumbraba sacar sillas a la vereda para conversar con los que pasaban o con los vecinos. Los puestos más frecuentes se levantaban en lo de Montagna, en casa, en lo del tintorero, en lo de Doña Clara. Jugábamos al burrito de San Vicente, a la escondida y a adivinar a qué país pertenecía cada bandera, en un diccionario Sopena que tenía un insert a color con todas las banderas del mundo. Un verano la máxima atracción estuvo dada por Florencia, la hija adoptada de los Brailovsky, que se bajaba la bombacha ante quien se lo pidiera.


El garaje de casa tenía una puerta corrediza que dejaba un hueco en la punta. Yo usaba ese hueco como aro de básquet, y al jugar imaginaba un partido, con dos equipos y jugadores diferenciados. Anotaba los resultados en un cuaderno. Tal vez lo hacía en uno de los talonarios de boletas que usaba mi padre, en el reverso de las hojas amarillas. Recuerdo estar acostado en el garaje, entretenido en la escritura de esos talonarios y sin ganas de ver a un amigo que llegaba de visita.
Mi padre solía volver poco después de la ocho, y entonces había que correr la puerta para que entrara la camioneta. Siempre tuvo Ford: primero una blanca con una raya azul y después otra amarilla. Los domingos, cuando íbamos al campo, cargábamos nafta en una estación de las afueras.
Recuerdo a mi padre entrando sonriente al garaje y haciendo rebotar con fuerza una pelota grande. No era una pelota de cuero, ni tampoco exactamente una pelota de fútbol. Pero me puso muy contento recibirla, picaba muy bien. Al fondo del garaje había un viejo escritorio, en cuyos cajones se guardaban en total desorden las cosas que habían sido “expulsadas” del resto de la casa. Creo que ahí yo tenía algunos cuadernos con cosas escritas.
El patio de casa constaba de varios espacios. Además de un baño -lo llamábamos “el baño de afuera”, por oposición al que estaba en el pasillo que llevaba a los dormitorios, “el baño de adentro”- y del lavadero donde escribí la novela a lo Agatha Christie, había un sector con baldosas donde se encontraban una parrilla y la mesa donde comíamos las noches de verano, que ya mencioné. De ahí salía el camino, también con baldosas, que llevaba al gallinero, el tendedero de ropa y a una pequeña quinta que generalmente permanecía descuidada. El sitio más importante era “el galpón”, una habitación donde se apilaban diversos trastos y donde pasábamos con mi hermana y mis amigos mucho tiempo. Allí se podía estar solo y tranquilo, allí nos entreteníamos con los gatos de casa, intrigados por los motivos de sus ronroneos –“tienen un motor adentro”, nos explicaba mi padre-, allí guardaba yo los fascículos de Fútbol. Historia del profesionalismo, que coleccioné casi hasta el final y después perdí, salvo un período que hice encuadernar.
Además de los gatos, vivían en el patio la gaviota Carlota y un tero que nunca recibió nombre. Creo que mi padre les cortaba periódicamente las alas, de manera que sus vuelos se limitaban a saltos y pasadas rasantes sobre las plantas. La gaviota había sido hallada por mi padre en el campo, herida. El tero se ahogó una noche en un tacho de agua y poco después murió Carlota, según mi madre por la tristeza de haber perdido a su compañero.
La población de gatos, mientras tanto, se renovó continuamente hasta estabilizarse con dos gatas y un gato al que mi padre, en épocas de celo, anestesiaba con unas pastillas. Las gatas quedaban de todas maneras preñadas en las visitas nocturnas de los gatos del vecindario, pero las crías desaparecían misteriosamente. Tanto mi padre como mi madre evitaban dar explicaciones al respecto. Una mañana de domingo me desperté ansioso porque sabía que ese día una de las gatas iba a parir; al salir al patio, descubrí que mi padre mataba a las crías, golpeándolas contra el borde de un balde de metal.
En la cocina había un pizarrón donde mi madre anotaba las cosas que necesitaba del almacén o la verdulería. Los domingos, la Nona solía hacer una polenta muy pesada o bien ñoquis. La Nona había tenido una caída -poco después de la muerte de su esposo- y desde entonces quedó como inválida, por lo que se desplazaba empujando una silla. Preparaba la masa de los ñoquis sentada en esa silla. En el comedor teníamos un viejo y enorme televisor Noblex blanco y negro. Veíamos Los tres chiflados, Astroboy, Capitán Escarlata. Nunca me reí, en esa época, con Los tres chiflados: "está todo trucado", solía comentar, en una opinión que hacía eco al escepticismo con que mi padre solía considerar la marcha del mundo.
Allí se recibían las pocas visitas que llegaban a casa. Mi padre tenía un solo amigo, Juan, un hombre con problemas de salud, medio encorvado, y con quien discutían sobre todo de temas políticos. Mi madre recibía a la señora de Brailovsky, a la vieja Bottaro, a una mujer que vivió enfrente de casa, cuando Margarita se mudó, y cuyo nombre olvidé.
La casa tenía tres dormitorios. El de mis padres, el más amplio, daba a la calle y además de la cama había un sofá donde mi madre solía sentarse con el mayor sigilo, por la mañana, haciendo un alto en sus tareas de ama de casa, para escuchar conversaciones que llegaban de la calle. Tenía la costumbre de apilar los diarios viejos -que usaba para guardar cosas- en el ropero. El lugar era buscado por las gatas cada vez que estaban por parir. Mi madre las echaba a escobazos, ante las protestas de mi hermana. “Ah, sí -decía mi madre, muy enojada-, voy a dejar que hagan el nido adentro”.
Del lado del patio estaban mi dormitorio y el que compartían la Nona y mi hermana. La muerte, como dije, era un tema invariable en la conversación de la Nona.
-Pronto me voy a morir -decía, por ejemplo, con expresión amargada. Y agregaba:- Ustedes van a estar mejor cuando me muera...
Le decíamos que no se iba a morir nunca. Si ni siquiera se resfriaba. Pero de pronto comenzó a debilitarse, cayó en cama y quedó postrada, asistida por doña Clara y Margarita, y el doctor Resek, un mormón que tenía cierta relación con mi padre. Este dato no dejaba de sorprenderme, dado el anticlericalismo de mi padre, fundado en los castigos que había recibido de los curas durante su paso por el Colegio de los Hermanos Maristas, en Rosario. Al tercer o cuarto día, doña Clara entró a mi pieza, donde yo estaba leyendo.
-Tu abuela quiere hablarte, vení –me dijo.
No la había visto desde el comienzo de su agonía: estaba terriblemente flaca y hablaba apenas con un hilo de voz. Sin embargo, tuvo fuerzas como para decirme:
-¿Viste que me iba a morir?
La miré, sin responder. Me sentía mal por esa situación, pero a la vez, de alguna manera que no podría explicar, guardaba cierta distancia y esa distancia era lo único que me protegía.

A dos cuadras de casa y a una de la veterinaria estaba la terminal de ómnibus. Tenía cuatro o cinco plataformas y durante mucho tiempo fue la única galería comercial del pueblo. Había un quiosco con revistas, la peluquería de Dante y Gambealte (Dante era el virtuoso; la mayoría de los clientes evitaba a Gambealte, apodado “el caballo”), donde siendo pequeño me llevó mi padre, un bar, el Petit Colón, el centro de nuestras salidas familiares durante los domingos por la tarde. Estas salidas consistían en dar una vuelta por las calles 47 y 48 con la camioneta y después ir al Petit Colón, a tomar gaseosas y comer sandwiches. Frente a las plataformas estaban las oficinas de las compañías de transporte, donde yo iba a veces para ver si había algún envío de vacunas o medicamentos para la veterinaria.
En el camino a la terminal estaba el cine Social. Allí tuve una breve cita con Cecilia, mi novia de un día, que consistió en encontrarse en el intervalo entre dos películas; yo había ido con amigos, y le regalé unos bocaditos Holanda, de chocolate. El cine Social formaba parte del Círculo Italiano, club donde jugué al básquet un año, para después pasar a Hispano. El otro cine de la ciudad era el Colón, que tenía palcos.
Durante la adolescencia, cuando dejé de ayudar a mi padre en la veterinaria, mis paseos por la terminal se hicieron esporádicos. En quinto año del secundario comencé a viajar a una ciudad vecina, para hacer un curso de filosofía, y más tarde a Rosario. Quería irme, y ahora, mucho después de haberlo logrado, no tengo deseos de regresar, ningún deseo de contabilizar lo que está en pie y lo que ha desaparecido. Sólo quiero preservar ese mundo tal como existe en mi memoria, en la memoria que escribo.

(enero de 1999-enero de 2002; agosto de 2006)

Osvaldo Aguirre

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicitaciones, muy bueno. La primera vez que imprimo algo publicado en un blog, porque lo tengo que terminar de leer mas relajado, acá en el monitor es un poco contracturante.
Te sorprenderías viendo que muchas de estas "instituciones", aún siguen intactas, otras se fueron adecuando a los tiempos y algunas ya no dejaron rastros. De los personajes de esta historias hay algunos que todavía habitan la fauna pueblerina, otros ya están en el corazón de los que los conocimos. Y, algunos por suerte ya están gozando de los beneficios del sistema de reparto, para tranquilidad de todos.
Pero no tengo ningún afán de destruir ese "mundo tal como existe en tu memoria", y no me detengo en detalles. Saludos, Felicitaciones de nuevo.
Federico (no tengo blog y como no entiendo bien esto, creo que este comentario va a quedar como "anónimo")

Osvaldo Aguirre dijo...

Federico, muchas gracias por el mensaje. Por razones que todavía no me explico, hace poco regresé por unos días. Fue raro, estar en un lugar conocido y a la vez desconocido, sentirme completamente ajeno y reconocer un vínculo. Recuperé imágenes que había borrado, y si perdí algo todavía no me di cuenta.

El 10 dijo...

Gracis a mi amigo Fede llegue a este blog, solo palabras de admiración, vivo en 24 e/ 48 y 49 y muchas de las cosas que nombras me recuerdan mi infancia aunque apenas (:D) tengo 22 años. Te dejo un articulo de opinión que escribí hace unos dias, me parece que hace referencia a un personaje que haces referencia en tus escritos, el Yerno de Don Vega...


Nota de Opinión por Ariel Placencia

Ironías de un domingo a la tardecita

El 10 de diciembre de 1983 es una fecha clave en el calendario de la historia argentina. Ese día marca el fin de uno de los tiempos políticos más oscuros y dolorosos vividos por los argentinos y el inicio de una etapa marcada por el sueño de la libertad y la justicia. Es por ello que me da vergüenza ver lo que vi el domingo.
Veinticinco años pasaron, pasaron presidentes, presidentes que le dieron vigencia al período más largo de las institucionalidad en el país, país que acobija a personas que aun no pueden sacar de su boca el “estábamos mejor con los milicos”, milicos que conviven con nosotros y todavía tienen consigo viejas costumbres, y es por ello que me da vergüenza ver lo que vi el domingo.
Quién iba a creer que caminando por pleno centro colonense me podía cruzar con un ex comisario bajándose de su auto con un palo y agrediendo a un menor de edad a días de cumplirse el aniversario número veinticinco de la asunción de Raúl Alfonsín a la presidencia de nuestro país. Impensado. Nada ni nadie justifica el accionar de este individuo; más allá de los motivos, razones o circunstancias que lo llevaron a tomar esta determinación represora. Es por ello que me da vergüenza ver lo que vi el domingo.
Sesenta años se conmemoraron también el miércoles de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, suena irónico si usted hubiese observado como yo con la vehemencia que este sujeto se bajó de su “Falcon Verde” para agredir, dio asco.
Para los argentinos han sido veinticinco años agitados, con duras pruebas, peligrosos periodos de inestabilidad y profundas crisis; pero si se resistió aquel grito violento de "que se vayan todos", que no significaba que volvieran los otros, tenemos mucha tarea por delante. No se conoce un sistema mejor que el democrático, con sus virtudes y falencias, evitemos que se repitan hechos como los que pude ver el domingo.

Osvaldo Aguirre dijo...

Hola Ariel, gracias por el mensaje.

Cecilia Silvia Aguirre dijo...

Con tu relato llegaste hasta muy cerca de mi casa de la infancia, como Fede vuelvo a releerlo, a lo mejor se me pasó la mención del Kiosco Chilo, a la vuelta de la heladería Boffa...
Cuantos recuerdos, por Dios!! Es posible que nos hayamos cruzado , tu descripción me llevó a lugares de mi infancia, mi escuela 3, el zoo en fin todo me resultó tan familiar que por un momento hasta dudé de no haber sido la protagosnista de tu historia de amor jajaja pero no, no fue así...
Desde Colón, te dejó mi saludos y te invito a visitar mi blog.

Anónimo dijo...

Eramos vecinos y de la misma edad, asì que yo tambièn vivì todo eso que contas. Gracias por tu relato. Felicitaciones!
Fernando Lavatelli
ferlavatelli@yahoo.com.ar

alicia dijo...

Hola! Aterricé de casualidad en tu blog. Yo también fui a la escuela 3, calculo que unos pocos años antes que vos y me fui de Colón en el año 73. Algo me intriga de tu relato, a qué hijo retardado de los Zaniboni te referís? Yo los conocí a los dos y eran excelentes chicos, y por supuesto, normales.Saludos.

Anónimo dijo...

Estuve pensando. Debes estar confundido. El chico que andaba en bici por el pueblo no puede ser de la despensa de Zaniboni. Nombras a Jorge Boffa, yo tengo la misma edad que él. El menor de los Zaniboni tenía tres o cuatro años más que yo. Recuerdo haber ido a su fiesta de 18. Y el mayor tenía más de 20 años y un autito antiguo. Bueno, muy lindo leer tus recuerdos, que en parte coinciden con los míos, y a la vez percibir como dos niños en el mismo tiempo y lugar pueden tener cosmovisiones tan distintas, tan personales. Por más que me esfuerzo no puedo recordar la heladería que mencionás. En cambio estoy segura que el estudio de Radio Impacto estaba en 47 entre 19 y 20, en la misma vereda de la farmacia de Etchart. La esposa del dueño de la farmacia era la directora de la escuela 3. La imagen más fuerte que tengo de la escuela es la cantidad de bicicletas que dejábamos apoyadas en el frente y luego, bulliciosamente, recuperábamos al salir.
Jamás escuché a nadie decir field Mitre, siempre la conocí como plaza Mitre. La calle 24 tenía árboles de moras, que eran la desesperación de las madres porque manchábamos los guardapolvos. La pileta del Hispano será siempre para mí la más maravillosa que conocí, aunque también fui al Aero y al 47, aunque no estoy segura que ése sea el número que denominaba al club. El cine Social, en su función matinée, daba tres pelis, una en blanco y negro, un largometraje en color y un episodio de una serie, El Zorro por ejemplo. Recuerdo esa sala llena únicamente de chicos, eso es algo que lamentablemente ya no existe, no podemos dejar a nuestros hijos solos ni en el cine ni en ninguna otra parte.
Muy lindo el post. Saludos!